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La Feria de Abril de Sevilla: Usos y costumbres para una sociedad en cambio.

Francisco Trujillo León

Tras dos años de pandemia, se celebró en Mayo de este año 2022 la Feria de Sevilla, tema que se abordó en el curso «Hablemos de Flamenco» desde el punto de vista de su enclave, la evolución del baile y el cante por sevillanas y, sobre todo, la inclusión o no de éstas, en el género flamenco, discusión que a día de hoy sigue abierta y ha sido tratada por Jose Manuel del Río en un post reciente.

El siguiente artículo es una reflexión personal sobre la Feria de Abril de Sevilla, tirando un poco de la historia y otro tanto de mi memoria, por lo mucho que ésta guarda debido a mi edad.

Uno de los aspectos más interesantes de la clase, fue la proyección de la imagen de uno de los planos de la ciudad de Sevilla a finales del siglo XIX, en el que se distinguía claramente el casco de la ciudad amurallada y el territorio circundante, haciéndose especial hincapié en el cuadrante sureste de este último, correspondiente a los terrenos comprendidos entre la fachada este de la Fábrica de Tabacos, junto a la Puerta Nueva o de San Fernando, y el arroyo Tagarete, extendiéndose hasta la ermita de San Sebastián, hoy parroquia del mismo nombre en el barrio del Porvenir, y las huertas cercanas, lo que se conocía como Prado de San Sebastián, lugar elegido por diversos motivos como veremos para la celebración del evento durante ciento veinticinco años (1847 – 1972).

Este reducto urbano, tal y como lo conocemos hoy, no es más que una mínima parte de lo que fuera desde tiempos de Alfonso X el Sabio hasta principios del siglo XX, antiguo ejido de la ciudad para pastizal comunal del ganado, no lejos del meandro o torno de los Gordales y de la Dehesa de Tablada. Si las puertas de la ciudad, situadas al oeste, estaban relacionadas con las actividades ligadas al Guadalquivir como el puerto, el comercio o la pesca, entre otras, las situadas al este se relacionaban directamente con el ámbito agrícola y ganadero. De esta forma junto a la Puerta de la Carne se situaba el viejo matadero desde finales del siglo XV, lugar que daría con el paso del tiempo a la práctica de la Tauromaquia por el manejo de las reses y su desguace por parte de los residentes del arrabal de San Bernardo, sin olvidar la existencia del rastro, zona destinada al pasto del ganado lanar, donde todavía hoy se conserva en sus inmediaciones una calle titulada con ese nombre; igualmente, por la Puerta de Carmona se surtía la ciudad de agua procedente de Alcalá de Guadaíra a través de los famosos caños. Otras puertas como las del Osario, Córdoba, la del Sol y de la Macarena añadirían una red de caminos al exterior entre huertas que abastecerían a los sevillanos de sus productos. Todas estas razones justifican de sobra el emplazamiento de la Feria de Sevilla en este lugar si partimos de su origen como feria de ganado, como privilegio concedido por Isabel II tras las gestiones realizadas por José María Ybarra y Narciso Bonaplata, vasco y catalán respectivamente, afincados en Sevilla y pertenecientes a la oligarquía existente, al objeto de reactivar la decadente economía de Sevilla tras las guerras napoleónicas, la primera y segunda guerras carlistas.
La celebración tendría lugar tras la Feria de Mairena del Alcor y pronto se afianzaría un modelo de feria en el que las casetas aumentarían de número, así como el de puestos de agua y juguetes, turrones, golosinas y tabernas, sin olvidar la presencia de gitanas buñoleras, por lo que pronto se expresarían quejas por parte de los ganaderos al ir predominando el carácter festivo con bailes y cantes frente a los tratos. Este modelo queda reflejado en la pintura costumbrista y grabados de artistas románticos, lo que se aprecia con todo lujo de detalles en el
lienzo que pintara Joaquín Domínguez Bécquer en 1867, perteneciente a la colección Thyssen-Bornemisza, titulado «La Feria de Sevilla».

Es sabido que en este periodo las familias pertenecientes a la nobleza y a la alta burguesía, entre los que destacan los Duques de Montpensier, potenciarán fiestas y romerías como la de Valme o el Rocío, e incluso la Carrera Oficial en la Semana Santa con su presencia; se instalarán entonces casetas privadas para recibir invitados y deleitarse con actuaciones de cantes y bailes, a la vez que corrían el vino y las viandas; no podemos olvidar que estamos en pleno romanticismo donde lo costumbrista impregna las formas y hasta las señoras de alta alcurnia visten el traje popular de las gitanas para ir a tono con la fiesta, lo que se complementa con los paseos en carruajes y calesas para ver y ser vistos en una feria de vanidades, a la que se unen celebraciones adicionales como corridas de toros, de cintas, circos, etc.
Surgen, por tanto, las casetas privadas de índole familiar y un reflejo del clasismo existente que perdurará en el modelo organizativo desde sus inicios hasta hoy, adaptándose a los tiempos, sin negar el carácter y afluencia popular que define a esta fiesta. Estas casetas, aisladas y efímeras, irían creciendo en número y se agregarían otras de diferentes entidades y casinos con montajes de tipologías diversas, desde carpas de lonas, orientalizantes, chinescas, e incluso con arquitectura de hierro. El propio Ayuntamiento también montará su propia caseta para garantizar el orden y, a medida que va prevaleciendo el carácter festivo sobre el ganadero, será recinto de recepciones y representaciones oficiales.
En 1896 se construye en hierro bajo el proyecto del ingeniero Dionisio Pérez Tobía, la Pasarela peatonal con acceso mediante cuatro escaleras a un remate central, a modo de cúpula mirador, en el emplazamiento que ocupa hoy
la fuente de las Cuatro estaciones, para dar paso al tráfico de carruajes y acémilas como salida hacia Cádiz y a las veredas de carne a las afueras de Sevilla. Esta pasarela demolida en 1921 con motivo de las obras de urbanización previstas para la Exposición Iberoamericana de 1929, sirvió como entrada al Real, por lo que se engalanaba con banderolas y gallardetes y, más tarde, se iluminaría primero con luz de gas y luego con electricidad. Ello creó un hito testimonial que con el tiempo se consolidó como la Portada y que todavía pervive como un elemento de arquitectura efímera en el recinto ferial de los Remedios, icono exportable al resto de ferias andaluzas, tanto de ciudades como de pueblos.

A comienzos del siglo XX la Feria está más que consolidada como elemento festivo de la ciudad, aunque se mantiene el uso ganadero de misma; mientras tanto, y ante el auge de la publicidad y el cartelismo, pintores costumbristas como García Ramos elaboran carteles de corte modernista y regionalista; el siguiente paso tenía que ser el de su ordenación y trazado de calles para organizar ladisposición de las casetas y facilitar el tránsito de personas y carruajes. En 1919 el pintor gibraltareño Gustavo Bacarisas fue el encargado de diseñar el modelo de las pañoletas actuales de frontón triangular y su decoración, a la vez que se consolida el alumbrado mediante la colocación de farolillos venecianos, lo que se traduce en unas ordenanzas municipales para el montaje de la feria y su configuración definitiva. Debemos tener en cuenta que durante estos años se produce una remodelación del deteriorado barrio de Santa Cruz al abrirse mediante una apertura de la muralla a los jardines de Murillo, gracias a las gestiones realizadas por el marqués de La Vega Inclán ante el rey Alfonso XIII para la cesión de las Huertas del Retiro y adecuación del Paseo de los Lutos hacía del Prado de San Sebastián y la estación de la Compañía de Ferrocarriles Andaluces, antigua estación de Cádiz, al objeto de potenciar el turismo y la recreación romántica, típica o tópica, de una ciudad que se preparaba para la celebración de la Exposición Iberoamericana, cada vez más retrasada por los avatares internacionales de la Primera Guerra Mundial.

Durante la celebración del certamen iberoamericano, la Feria se traslada al recinto de éste en el denominado Sector Sur sobre el eje de la actual avenida de la Reina Mercedes, integrándose en el mismo para volver de nuevo al Prado en lo sucesivo, siendo visitada por la Reina Victoria Eugenia como amazona, lo que le otorga un cierto «glamour» que adquirirá años más tarde con una dimensión internacional como en adelante veremos, afianzándose a su vez el traje de flamenca como vestimenta femenina regional. Tras la República, los avatares de la guerra civil provocan la suspensión de la Feria, pero no la de ganado, y tras ella,se potencian las casetas denominadas «familiares», retomándose la imagen castiza y señorial de la celebración en los años de la autarquía, poniendo una nota de exotismo la presencia de Orson Welles o Ava Gadner como visitantes ilustres.
En 1949 se levanta de nuevo la Portada como testigo de lo que en su momento fuera la antigua Pasarela y, pasados los deplorables años del hambre y la posguerra de tan triste recuerdo, la década de los cincuenta propicia una
ampliación de los días de celebración, de tres a seis en 1951.

En la segunda mitad de esta década comienza la feria de mis primeros recuerdos, imágenes de «cacharritos o calesitas» poco sofisticados respecto a los de hoy día, un incesante fluir de caballos por todas partes, globos y pequeños juguetes y, cómo no, paseos por la Feria de Muestras en los jardines de San Telmo, algo inherente a la Feria de entonces donde las degustaciones de productos y la recogida de prospectos publicitarios ponían en marcha la fantasía de los niños en medio de tubos de riegos por aspersión, aparatos para cortar patatas en forma
helicoidal y puestos de flanes en polvo con gorrito incluido de regalo y, con un poco de suerte, una salchicha de color rosa con una pasta amarilla que se llamaba mostaza, todo un conjunto de sorpresas para una generación que habría de protagonizar el desarrollismo económico a partir del Plan de Estabilización de 1959 junto al mito de la sueca y el milagro del turismo, sin olvidar las divisas de la emigración; una Feria en la que la mayor parte de las familias acudía con fiambreras de aluminio, todavía no había llegado el plexiglás, con filetes empanados y tortilla de patatas para comer en el Parque de María Luisa, máxime cuando las casetas no disponían de cocina y sólo servían vinos finos, embutidos y refrescos de la marca Zumbina o botellines de cerveza, salvo las casetas de entidades como el Círculo Mercantil, el de Labradores, el Aero y algunas otras casetas de dos o tres módulos correspondientes a grupos de empresas. Los puestos de pinchitos morunos y los de turrón iluminados con carburo, harían el resto para satisfacer, tras un gasto extraordinario, las necesidades de una familia numerosa en un día de Feria y a lo más una función de circo. Casetas con acceso vetado para la mayoría que desde las aceras contemplaba un incesante paseo de
caballos con ostentosos jinetes y enganches fuera de su alcance.

A medida que avanzaba la década de los sesenta y el parque móvil de los sevillanos aumentaba, se fue incorporando la bombona de butano y un mayor consumo dentro del recinto, así como el gran aparcamiento que supuso la
superficie de la Plaza de España y el circuito de caminos del interior del parque, la ocupación del Boulevard de Isabel la Católica para instalar más casetas y la trasera de la Plaza de España en la Avenida de Portugal, una Feria que se quedaba pequeña y sin infraestructuras de saneamiento que hizo pensar en su traslado a corto plazo, a pesar de ser una fiesta que se celebraba en centro de la ciudad y que era difícil sustraerse de ella; todo convergía hacia la misma mediante autobuses, tiros de sangre y una masa de andantes que caminaba hacia el Real proveniente de los barrios del casco y de las nuevas barriadas en desarrollo, otra escala para una ciudad recientemente dañada por las inundaciones del arroyo Tamarguillo y repleta de infraviviendas, corrales en ruina, refugios, y un cinturón chabolista a la espera de la construcción de nuevas barriadas de realojo para sus habitantes en el extrarradio y acogida para los que llegaban del campo.

Era una Feria de horarios más reducidos. Entre las doce y las cuatro de la tarde se desarrollaba el paseo de caballos, antes de los toros y, a partir de las siete, se iba animando el Real con pandillas de jóvenes hasta las primeras horas de la madrugada; eso sí, un Real repleto de corrillos y bailes por sevillanas; la participación estaba más en la calle que en los interiores de las casetas sin decibelios ni música enlatada, por un lado, la falta de espacio y, por otro, el acceso restringido y los toldos echados.

Quiero recordar la presencia de ciudadanos americanos, la Caseta Americana de grandes dimensiones, inaccesible y con nula visión desde el exterior, los caballistas tejanos disparando balas de fogueo en el paseo de caballos al más puro estilo del Far West, espectáculo consentido por una población acomplejada que los veía como seres de otro planeta; entretanto, la revista americana LIFE y la Casa de Alba propiciaron el glamour en la Feria con la presencia de una artista de Hollywood convertida en princesa de un diminuto país dedicado al juego y las fiestas de la jet set, o la de una viuda de un presidente estadounidense víctima de un magnicidio, a lo que habría que añadir las presencia de otras personalidades de la nobleza, el cine, la música y hasta la de un dictador bajito y con bigote en coche de caballos, escoltado por la jinetería local, imágenes inmortalizadas en el NO-DO de la época y el reconocimiento internacional de un régimen que llevaba por eslogan «España es diferente».

Otro personaje fue Pepe el Escocés, que con su atuendo nacional paseaba por el Real y bailaba constantemente por sevillanas, siendo acogido y agasajado en muchas de las casetas, personaje exótico que daba a la Feria una marca
internacional, al menos en nuestra provinciana imaginación.

 

En definitiva, una Feria en la que «el Pescaíto» se reducía al consumo de un cartucho de pescado de la freiduría del Prado junto a la Estación de autobuses, que durante la madrugada de antes del alumbrado consumían a prisa los operarios, montadores de casetas y socios que daban los últimos retoques con adornos de papel, encajes y farolillos a los interiores de las mismas, al tiempo que las buñoleras estaban establecidas en el solar que hoy ocupan los Juzgados.

El cine reflejaría en la película «Duendes de Andalucía», dirigida por la actriz y productora Ana Mariscal, icono del cine patriótico de los ’40, el fortuito incendio de la feria de 1964 que arrasó con casi una manzana de casetas y que
fueron repuestas con prontitud.

El final de la década prodigiosa traería el declive de la Feria de Muestras o de «la salchicha», donde se cantaban lindos mariachis, y por ende el stand de Coca-Cola se situaba en un privilegiado lugar, al igual que el de la Cruz del Campo. Y así terminó una década en la que el hombre llegó a Luna y Sevilla contó con un Corte Inglés a costa de su patrimonio arquitectónico, especulación y pelotazo, preludio de lo que vendría después. La última edición de la Feria del Prado tuvo lugar en 1972.
El traslado al recinto de los Remedios para la primavera de 1973 supuso la ampliación de las calles y más capacidad para la implantación de un mayor número de casetas, dando lugar a nuevos hábitos de comportamiento colectivo
en una sociedad que había realizado la transición económica, aunque no la política que estaría por llegar.

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